No te tienes que ir hasta Haití o hacia África para que tu ayuda cuente.
Desafortunadamente ocurrió una tragedia que ha llenado los encabezados de todos los periódicos y programas de noticias del mundo entero. A cada momento vemos el sufrimiento de aquellas personas que perdieron TODO, y remarco todo porque no solo se quedaron sin un techo donde dormir o comida que llevarse a la boca; también perdieron a su familia: hijos, padres, esposas, hermanos. Pero lo más desgarrador es que perdieron el último suspiro de esperanza con el que contaban.
¿Cómo recuperarlo, cuándo toda su vida han estado sumidos en el olvido? La vida de los haitianos nunca ha sido fácil y ahora con el terremoto es como si la última piedra que sostenía todo ese cúmulo de dificultades se hubiera dado por vencida aceptando la realidad y haciéndose trizas.
Ahora esa tragedia tiene un nombre, HAITÍ. Pero en la forma en la que estamos viviendo puede llegar a tomar el nuestro. No quiero decir que un desastre natural nos va alcanzar, eso es algo que pese a la tecnología con la que contamos y mal utilizamos, no podemos pronosticar a ciencia cierta. Existen un sin fin de problemas en cada sociedad y en cada núcleo familiar que están por debilitar la roca que nos sostiene.
Nos vanagloriamos cada año al festejar la independencia o la institución de la democracia de nuestro país, cualquiera que este sea. Gritamos a los cuatro vientos el desarrollo de la civilización que hemos alcanzado pero realmente dudo mucho que nuestros antepasados estén orgullosos de lo que somos y de lo que se ha convertido aquel pueblo por el que derramaron su sangre.
Debemos de recordar que los que habitan este mundo con nosotros son nuestros hermanos. Son personas que buscan lo mismo que nosotros: la felicidad.
Hay quienes no tienen oportunidad de elegir ya que viven en la marginación y en condiciones infrahumanas pero tú y yo sí podemos hacerlo. Hay que elegir el camino de la honestidad, responsabilidad y de la ayuda mutua. Somos tantos millones de habitantes en este planeta que es increíble que no nos demos la mano para salir adelante.
No te tienes que ir hasta Haití o hacia África para que tu ayuda cuente. Basta con salir y ver a tu alrededor. Hay muchas personas que necesitan de ti. Y no, no te bloquees pensando que no cuentas con el dinero necesario. No siempre lo que se requiere es dinero. El regalar un poco de tu tiempo, el hacerle compañía a esa persona enferma y sola cuenta mucho más.
Incluso nuestra propia familia muchas veces se encuentra destrozada por un terremoto de conflictos. No esperes a que se desmorone para actuar.
Necesitamos aprender. Aprender a que cuando le enseñamos a alguien que es inferior por su color, religión o condición social, estamos creando un vacío en él que fácilmente puede llenar con odio. Aprender que con la violencia perdemos humanidad. Aprender que dentro de cada persona hay un ser humano necesitado de amor. Aprender que las fronteras nos las marcamos nosotros mismos.
Haití, hoy es para todos una lección de vida. Una lección llena de dolor que nos enseña que todos somos vulnerables y que nuestra vida es tan frágil que de un momento a otro la podemos perder. Si su sufrimiento no hiere nuestro corazón es que su única función es mantenernos vivos pero sin vida.
Cada ser humano depende de cada ser humano. Como civilización tenemos la obligación de salir adelante no pisando a otros sino de la mano de los demás.